La enfermedad como entidad. La descontextualización social del enfermo

Uno de los elementos fundamentales en los que se basa la actual sistematización científica de los problemas de salud es haber dotado a la enfermedad de entidad propia.

galeno-hipocratesDesde la Escuela de Cnido, preocupada por las enfermedades, y la de Cos, preocupada por los enfermos (ambas escuelas profesionales configuran la llamada etapa hipocrática de la medicina, que puede datarse en los siglos V y IV a.C), el debate entre ambas concepciones se ha inclinado más frecuentemente hacia la Escuela Cnidiana, es especial desde Galeno (131- 200,203 d.C.) y su estructuración de la enfermedad.

Galeno (la técnica, el hacer), triunfando sobre Hipócrates (la ciencia, el pensar).

En 1990, Nájera ya planteaba que «en épocas ya mucho más actuales, el empeño de dotar a la enfermedad de entidad propia, coincide al menos en Inglaterra, con el proceso de militarización de la sociedad que siguió al triunfo de la revolución de 1688, y que pensamos, fue parte del proceso generalizado en Europa del mercantilismo, consecuencia de la necesidad de obtener nuevas estructuras de control social para el dominio de mercados más y más amplios.(…)

Sydenham en 1667 sustentaría “científicamente” con sus descripciones clínicas las necesidades militares: delimitación de entidades específicas -las enfermedades- que pudieran ser fácilmente identificadas y sometidas a curas específicas para “atacarlas y conquistarlas”. La terminología militar sigue siendo hoy, tres siglos después, la esencia no sólo de la jerga científico-médica sino también de la concepción de las enfermedades como enemigos, entidades ajenas, extrañas, contra las que la Medicina lucha».

Son cada vez más numerosos los autores que debaten la falacia de esta conceptuación. Rosenberg en 1989 señalaba cómo se genera una entidad mental sobre un acontecer biológico y cómo lo dotamos de importantes propiedades sociales. Ahora bien, convertir el acontecer biológico en una entidad per se, sin su marco socio-cultural, es una concepción tan simplista y parcial, que parece increíble que domine el saber médico.

Cassel en 1982 señala cómo se genera así una fácil desconexión entre las necesidades del que sufre y los fines de la medicina, no digamos ya la desconexión con las necesidades de la comunidad. También la ciencia epidemiológica se ha visto impregnada de estas concepciones y las ha llevado al estudio de las epidemias. En este sentido, Gilí en 1928, recoge en su obra La Génesis de las Epidemias: «Como resultado de confundir conceptos y realidades se considera a las enfermedades como entidades objetivas con existencia extra-corpórea, que se difunden por el aire o a través de insectos y que son capaces de invadir países, de cruzar ríos y de realizar otras actividades más propias de un ejército invasor que de una concepción de nuestra mente».

Este autor recoge en esa obra una cita de Crookshank (1920), que es también muy clarificadora: «El fracaso en entender la distinción fundamental que existe entre una concepción mental y la realidad objetiva ha sido responsable de tanta confusión de pensamiento en cuanto a los objetivos y fines de la ciencia epidemiológica».

El concepto de salud, actualmente predominante, centrado en la ausencia de enfermedad, y en la consolidación de las enfermedades como entidades (definidas según Stehbens (1985), como «fenómenos de disfunción o trastornos fisiológicos… dependientes y perfectamente explicables por cambios físicos y químicos») impide o dificulta que la salud sea analizada como la resultante de las relaciones sociales; generando, a la vez, un reduccionismo en el análisis de lo biológico y lo social, y lo que es más importante, una imposibilidad de integrar lo biológico en lo social. En definitiva, hemos descontextualizado la salud (y la pérdida de la salud) de los seres humanos, y no somos capaces de entender el padecimiento de las personas en los contextos socioeconómicos en que tienen que vivir (García Gil y Solano, 1993).

Podemos considerar que la introducción de la medicina en el laboratorio, que empezó allá por las últimas décadas del siglo XIX, ha sido el último paso para la descontextualización del enfermo. Con anterioridad el hospital contribuyó también a ello. Hasta la primera mitad del siglo XIX el médico de cabecera acudía a la casa del enfermo —que podía pagarlo- y cuidaba de su estado de salud. Los hospitales regidos por entidades benéficas eran lugares donde a enfermos pobres se les dispensaba fundamentalmente alimentos, alojamiento y medio higiénico del que habitualmente carecían. Fue la necesidad de experimentación —que tuvo que ser asumida por la medicina para obtener el estatus de práctica científica en un momento en que el logro de éste elevaba su rol y su influencia social— lo que obligó a que el médico acudiera allí donde existía material adecuado para dicha experimentación (nada mejor que el hospital, donde existía una importante cantidad de enfermos y además pobres). Las sucesivas mejoras tecnológicas aplicadas a las prácticas diagnósticas —fundamentales para mejorar la observación, elemento básico del método científico imperante— fueron llevadas al lugar de experimentación: el hospital. Tras las dos guerras mundiales el explosivo crecimiento tecnológico forzó la centralización de la experimentación y permitió la especialización. La tecnología empezó a ser utilizada masivamente para diagnósticos y tratamientos, por lo que los ricos acabaron acudiendo al hospital donde se encontraban los médicos «científicos y especialistas» y la sofisticada tecnología que éstos utilizaban. Sin embargo, la práctica hospitalaria de una medicina científica impone que en el hospital el enfermo sea descontextualizado, desarraigado de su grupo social, uniformado como simple materia prima —objeto, «input» del sistema—.

La enfermedad se convierte en el protagonista de la escena -lo único no uniformado, y que podemos diferenciar-. Eliminados los aspectos sociales y estructurales que la generaron y estudiándola sólo a través de la aplicación de los descubrimientos de la ciencia de la naturaleza, no es «raro» que la enfermedad sea definida, únicamente, en base a las disfunciones físicas y químicas que pueda haber.