el-negocio-de-las-farmaceuticas-5La práctica de hacer creer a la gente que está enferma cuando en realidad está sana no es nueva. Se debe haber desarrollado de manera paralela a la práctica médica, la cual, en formas diferentes según la cultura, ha sido y es una forma de poder -dominación sobre los demás- basada en la magia.

En una sociedad en la que el pensamiento dominante ensalza la pretendida omnisciencia de la ciencia, no extraña demasiado que la magia se reclame científica. En un ámbito más concreto, el pensamiento dominante promueve un sistema de salud que invierte más en tecnologías -incluidos los medicamentos- que en personas. Esto no es casual: el sistema de salud está impregnado de valores de mercado, y en él las funciones de acompañar, orientar, cuidar, curar y rehabilitar han perdido la centralidad. Esta impregnación comienza por las superestructuras internacionales (OMS y otras agencias de la ONU, Unión Europea, etcétera), continúa con los gobiernos, y, pasando por gestores y profesionales, se extiende por los medios de comunicación públicos y privados.

Hoy en día los dictados del mercado deben ser obedecidos. Aunque se basen en mera superchería con poco o nula base científica. Los remedios con propiedades milagrosas ya no son fabricados en pequeñas reboticas y ofrecidos por pintorescos charlatanes ambulantes, sino que son producidos bajo estrictas normas de control de calidad por grandes compañías farmacéuticas multinacionales, que encargan la fabricación de la enfermedad y de la imagen milagrosa del fármaco a grandes compañías globales de comunicación y publicidad.

Los vendedores ambulantes han sido sustituidos por ejércitos de representantes comerciales y una legión de expertos y líderes de opinión, a menudo tan artificiosos como las nuevas plagas que anuncian. Las nuevas amenazas para la salud son el colesterol (cualquier cifra de colesterol), la osteoporosis, la tristeza, la soledad, la timidez, el luto, el niño revoltoso o inquieto, la falta de deseo sexual y en general cualquier causa de malestar. El colesterol es equiparado al infarto, la menopausia a la osteoporosis y ésta a las fracturas, la tristeza a la depresión, la timidez a la fobia social, el luto a la depresión, el niño revoltoso o distraído al TDAH, la falta de deseo a la disfunción sexual.

El malestar es medicalizado, sin mayor atención a sus variadas y poco médicas causas. Todo ello con estrategias más o menos sutiles, más o menos sofisticadas: se publican artículos pseudocientíficos en revistas financiadas por la propia industria farmacéutica, se lanzan campañas de “concienciación” de la población a través de los medios de comunicación, se crean sociedades científicas sobre la nueva enfermedad, se promueven programas de “formación médica continuada”, se financian congresos médicos, se compran sociedades científicas (tanto más fáciles de comprar cuanto más especializadas son), se elaboran y se diseminan recomendaciones de comités de supuestos expertos (una mayoría de los cuales participa directamente en el negocio). Todo ello bajo la mirada inatenta, distraída, a veces complaciente, de los dirigentes de los gobiernos, cada día más inermes ante los mercaderes globales y de una administración pública con una legislación cuyo fin principal no es la protección de la salud, y con medios más bien decorativos para controlar este inmenso poder.

Con el fin de asegurar un crecimiento constante del mercado, los mercachifles de la salud necesitan convencer a los sanos de que están enfermos. Se comienza por convencerlos de que comprueben que no están enfermos, se promueven chequeos. Si no se encuentra algo anormal, se remite a la persona a un especialista, que buscará con más detalle cualquier traza de enfermedad. Al fin y al cabo, una persona sana es aquella que no ha sido suficientemente explorada. El ciudadano-consumidor-usuario es conminado, en ocasiones obligado a considerarse enfermo, y a consumir en consecuencia: es convertido en cliente. En definitiva, se realiza una construcción industrial, no social de la enfermedad.

En los países enriquecidos los medicamento suponen entre un 15 y un 33% de todo el gasto en salud. Su elevado coste se suele justificar con el argumento que las compañías farmacéuticas invierten sus beneficios en la investigación y desarrollo de nuevos productos que alargan la vida, mejoran la calidad de vida y evitan tener que recurrir a tratamientos más costosos. Pero la realidad es que, tal como mostró el resultado de una investigación de la Comisión Europea, la industria farmacéutica invierte el doble en promoción que en I+D, que ésta no es ni debería ser tan cara como se dice y que la mayoría de los nuevos fármacos no son en realidad tan nuevos, sino versiones modificadas de otros ya disponibles y menos costosos. Una poderosa maquinaria de promoción se encarga de la tarea de persuasión de la profesión médica, la “concienciación” de los consumidores a través de los medios de comunicación y otras formas de influencia sobre legisladores, autoridades sanitarias, sociedades médicas, la profesión farmacéutica, asociaciones de pacientes y gestores de sistemas de salud. Esta estrategia ha dejado de ser local, siquiera nacional. Es global.

La dinámica del mercado tampoco favorece el desarrollo de nuevos fármacos contra el paludismo, la tripanosomiasis, la esquistosomiasis u otras enfermedades mal llamadas “tropicales”, porque quienes las padecen son pobres. En el nuevo orden internacional, quien no puede pagar no está en el mercado, y en consecuencia no tiene derecho a la salud. Además tenemos que los medicamentos tratados como meros bienes de consumo se convierten en un peligro para la salud. De manera creciente el consumo de medicamentos está más determinado por la oferta que por la demanda. Los sistemas de salud, que en ocasiones gozan de una situación de monopolio del consumo, se han mostrado en general incapaces de seleccionar lo que realmente necesitan sus pacientes y crear sus propios sistemas de información objetiva sobre medicamentos y formación médica continuada. No producen conocimiento sobre la salud de la población a la que atienden. Consumen lo que se les ofrece, sin pararse a pensar si lo necesitan verdaderamente o a qué precio piensan pagarlo. Compran humo a precio de oro. Así, mientras una cuarta a una quinta parte de la humanidad sufre una verdadera epidemia de efectos indeseados por medicamentos -constituyen la cuarta causa de muerte por detrás del infarto de miocardio, el cáncer y el ictus, pero por delante de la diabetes, la bronquitis crónica, los accidentes de tráfico o el sida-, una parte importante de los demás seres humanos no tiene acceso a los medicamentos que son esenciales para sus necesidades de salud.

Así como los dirigentes de las compañías farmacéuticas rinden cuentas ante la asamblea anual de sus accionistas, los dirigentes de los sistemas de salud deberían rendir cuentas ante los ciudadanos. Cuentas sobre su responsabilidad por la patología causada por los efectos secundarios de los medicamentos por ellos aprobados. Cuentas sobre su responsabilidad por el expolio económico y cultural del sistema de salud por la industria tecnológica multinacional. Cuentas sobre la transparencia en la toma de decisiones.