El modo en que las revistas científicas publican los resultados de los ensayos clínicos se ha convertido en una seria amenaza para la salud pública. Las publicaciones médicas son con frecuencia un correa de trasmisión del departamento de marketing de las empresas farmacéuticas, ya que la industria sabe que aquello que no se publica en revistas científicas de renombre tiene escaso futuro comercial y poco reconocimiento internacional.

Leíamos recientemente un articulo donde se afirmaba que “la mayoría de editores de las grandes revistas médicas de Estados Unidos recibe pagos de la industria farmacéutica

El 63% de los editores de las 35 revistas médicas más prestigiosas del país reciben un promedio de 55.000 dólares al año por parte de la industria, según un reciente estudio.

Varias investigaciones indican que los pagos que reciben los médicos, por pequeños que sean, acaban generando sesgos entre los facultativos.

“El remedio definitivo sería prohibir a los editores recibir cualquier pago por parte de la industria”, aseguran los autores

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Hasta dos tercios de los editores de las revistas médicas más importantes de Estados Unidos han recibido algún tipo de pago por parte de la industria farmacéutica y sanitaria en los últimos años. Unos ingresos sobre los que la mayoría de los editores no están obligados a informar y que en un 15% de los casos superan ampliamente los 10.000 dólares anuales, según los resultados de un reciente estudio publicado el pasado mes de octubre en PeerJ Preprints.

A pesar de que el estudio no ha sido revisado por pares, procedimiento habitual que atraviesan los estudios científicos antes de ser publicados, sus resultados confirman y amplían los de otro artículo publicado el pasado mes de septiembre en el British Medical Journal y cuyos autores concluyeron que “los pagos de la industria a los editores de revistas son comunes y, a menudo, grandes, especialmente para ciertas especialidades”.

Teniendo en cuenta estos resultados, los autores del estudio consideran que el primer paso debe ser “exigir una transparencia total en la declaración de ingresos entre los editores médicos”, pero añaden que “la mera transparencia no es suficiente”, especialmente teniendo en cuenta “la influencia de los editores sobre la literatura médica”.

Más allá de decidir qué se publica, los editores de las revistas también nombran a los revisores que deben analizar los artículos que presentan los investigadores, a qué estudios se les da prioridad o si es necesario incluir editoriales o comentarios sobre una investigación, ya sean a favor o en contra de sus conclusiones.

“Actualmente, en la mayoría de las revistas se requiere que los autores y revisores declaren conflictos de interés, lo que significa que se espera esta precaución para todos los involucrados en el proceso de revisión y publicación, excepto para los editores, que son los que toman las decisiones clave”, denuncian los autores del estudio. Finalmente, concluyen que “el remedio definitivo sería prohibir a los editores recibir cualquier pago por parte de la industria, eliminando esta fuente de parcialidad por completo”.

A pesar de que muchos de los pagos corresponden a pequeñas cantidades (solo el 36% recibió pagos superiores a 50 dólares), varios estudios ya han mostrado que incluso este tipo de ingresos terminan dando lugar a sesgos. En este sentido, una investigación publicada el pasado año en la Revista de la Asociación Médica Americana concluyó que incluso el pago de una comida de menos de 20 dólares puede inducir un sesgo entre los médicos a la hora de realizar la prescripción de un medicamento. “Poco a poco es como se inicia la corrupción.. con cantidades fácilmente justificables para uno mismo”

En España, ha sido la propia industria la que ha iniciado un procedimiento similar. Sin embargo, tal y como mostró una investigación de Civio, ocho de cada diez euros que las farmacéuticas gastan en médicos siguen siendo opacos, dado que las farmacéuticas no ofrecen los datos individualizados de lo que ha cobrado cada médico. Esta situación cambiará el próximo año, tras recibir Farmaindustria la autorización de la Agencia Española de Protección de Datos para publicar los datos individualizados.

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Las farmacéuticas han trasformado la ciencia medica, antaño un bien público destinado a mejorar la salud, en una mera mercancía cuya función principal es maximizar los beneficios económicos.