Podemos afirmar que la medicalización de la enfermedad ha devenido en la medicalización de la salud, de la vida, de la muerte y, por consiguiente, de toda la sociedad.

Hoy día, muchos consideran que si alguien se declara persona sana es simplemente porque no sabe que está enferma, porque no se ha dejado examinar o porque no se ha hecho un test genético para conocer su herencia (o bien porque no se ha hecho ninguna de estas dos cosas con suficiente minuciosidad).

El elixir de la vida o elixir de la inmortalidad, era una poción o bebida que garantizaba la vida eterna y fue una de las metas perseguidas por muchos alquimistas como remedio que curaría todas las enfermedades y prolongaría la vida eternamente. Algunos de ellos, como Paracelso, lograron grandes avances en el campo farmacéutico. Se relaciona con la piedra filosofal, mítica piedra que transformaría los metales en oro y supuestamente crearía el elixir.

En las antiguas civilizaciones de China e India, se intentó encontrar el elixir vinculando la vida eterna al oro, el mercurio o a otras sustancias, con resultados diversos, la mayoría tóxicos. Esta fama del elixir fue decayendo según avanzaron el Budismo y el Hinduismo, con su idea de inmortalidad.

La panacea universal  fue buscada durante siglos, especialmente en la Edad Media. Hasta hoy, ningún alquimista consiguió jamás tal elixir, pero sí consiguieron muchas muertes. Una de las más destacadas es la del científico Isaac Newton, que bebió su pócima que, en vez de darle vida eterna, le proporcionó un encuentro letal.

Algún estudioso de I. Kant muestra la preocupación de éste por las relaciones entre gobierno-médico-pueblo y cómo hace 200 años ya advertía, en su libro “La contienda entre las Facultades de Filosofía y Teología”, que la actitud colectiva de esperar obtener de la medicina las mayores garantías de salud, con un mínimo esfuerzo y negando la existencia del riesgo, cobijaba una suerte de retorno a la fe popular en la magia y un alejamiento de la recta razón que haría más fácil ser presa de embaucadores.

En la obra teatral de Jules Romains, “Knock o el triunfo de la medicina“, se ilustra la “construcción de la enfermedad” a través del marketing. Relata la historia de un médico convencido de que “‘no hay persona sana sino paciente insuficientemente estudiado”, que sustituye a otro partidario del “primum non nocere” (lo primero no hacer daño), en una zona rural francesa de principios del siglo XX. El dr. Knock, con el señuelo de una primera consulta gratuita y la inestimable ayuda de los medios de comunicación (el pregonero), la escuela, la farmacia y la fonda, consigue que allí donde prácticamente no había o no se sentían enfermos, todo el mundo acabara siendo diagnosticado o tratado, hasta el punto de convertir el balneario en un hospital.

La medicalización es, pues, una vieja historia que se repite ahora, con otros matices y, en parte, refleja de nuevo el olvido de esa ley que dice que “todo el que nace muere”.

Tal vez por ello también hoy se considera la muerte como un diagnóstico, una enfermedad, cosa de profesionales. Horroriza una muerte o agonía dentro del hogar y se aprecia que, llegado el momento, hasta las personas más formadas, capaces y animosas se retraen, viéndose a sí mismas como absolutamente incompetentes para atender al familiar enfermo.