Hay numerosos ejemplos en psiquiatría y psicología clínica relativos a la conversión en enfermedades de problemas de la vida. Marino Pérez, en su libro “La invención de trastornos mentales” habla de una fecha clave, 1987, cuando se aprobó una nueva clasificación de enfermedades mentales (DSM-III revisada), incluyendo novedosas patologías, tests y criterios diagnósticos. Desde entonces, más o menos coincidente con la aparición del Prozac y otras moléculas similares, observa que algunos fenómenos o mecanismos adaptativos han tendido a clasificarse con facilidad como enfermedad tratable con psicofármacos. Y que éstos no sólo se indicaban por estar mal sino “para intentar estar mejor”.

Así, por ejemplo, convertir la tristeza en depresión; convertir la preocupación por algo futuro o inseguro que nos pueda acaecer, en ansiedad generalizada; los sofocos, palpitaciones y miedo a morir, en un trastorno de pánico; o la misma timidez, que de ser una característica personal o incluso un estilo muy adaptativo (suelen ser tipos que “caen” bien a la gente) se ha convertido en fobia social. Y para todos hay un antidepresivo.

Observa este mismo autor que cuando entras como paciente en una consulta ya se supone que tienes que “padecer algo”, un problema-enfermedad que, se supone, tiene una solución, normalmente con un fármaco. Y el clínico, condicionado por una estructura y organización que no le dan ni 10 minutos por paciente, está allí para clasificar con un diagnóstico en una concreta categoría y para que, normalmente, no salgas de allí sin una receta. En las siguientes visitas te preguntará qué tal te va con la medicación y toda la interactuación girará en torno a “escuchar al fármaco”, a cómo va dicho fármaco, y no tanto en ver posibles causas y circunstancias de la vida. En dicho proceso te queda claro, si no lo estuviera ya desde el principio, que tu problema es una enfermedad y que necesitas “arreglar” algún déficit bioquímico.

El Instituto Nacional de Salud Mental (NIMH) de EEUU calcula que uno de cada cuatro norteamericanos adultos padece algún tipo de enfermedad mental diagnosticable y la OMS señala que son 300 millones de personas en todo el mundo y que estas patologías son responsables, en las economías desarrolladas, del 15% del gasto en enfermedades (sólo en EEUU supera los 200.000 millones de dólares anuales), superando la carga económica total de todos los tipos de cáncer. A la vez, la industria farmacéutica tiene actualmente más de 300 compuestos en I+D para salud mental, predominando la investigación destinada al tratamiento de las demencias seguida de la depresión.

En nuestro país los antidepresivos han visto incrementada su dispensación. El consumo de antidepresivos se triplicó en nuestro país entre los años 2000 y 2015, al pasar de 26,5 a 79,5 dosis por mil habitantes, según datos de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios.

Buena parte de este aumento es debido a la “incorporación” de los más pequeños como potenciales consumidores. Sobre todo debido a la conversión de la timidez infantil en “depresión”, de la inquietud del niño inteligente y despierto en “trastorno por déficit de atención con hiperactividad o TDAH”, del miedo a la maestra rígida incompetente en “neurosis obsesiva”, o la reducción del dolor abdominal y los vómitos ante la exigencia escolar en “intolerancia a la lactosa”, “dolor abdominal recidivante” o “síndrome de intestino irritable”, y demás.

Hay que tener en cuenta que muchos de estos síntomas entre los menores son la respuesta al cambio de la estructura familiar, con un menor contacto, comunicación y dedicación de tiempo de los padres hacia los hijos.

A veces, un solo síntoma como la tristeza, del que ni tan siquiera se ha investigado su calidad, intensidad, duración y relación con las circunstancias vitales del paciente, es suficiente para comenzar con antidepresivos.

La no existencia de pautas claras de actuación favorece la amplia variabilidad en la prescripción y su inducción por el marketing de la Industria Farmacéutica.

Como contraste, hay estudios y experiencias que demuestran como a más tiempo de relación del médico o terapeuta con el paciente menor era el consumo de antipsicóticos. Y si el acompañamiento se presta, sobre todo en los domicilios, con un carácter proactivo, yendo al encuentro donde están los pacientes y no donde pudiésemos desear que estuvieran, se produce una  reducción drástica de los reingresos, las urgencias y las recaídas, una alta satisfacción de pacientes y familiares y la práctica desaparición de los ingresos involuntarios, con todo el drama que suponen.