En tiempos pasados se les ha asignado términos médicos a ciertos comportamientos socialmente inaceptables. Así, la drapetomanía fue considerada una enfermedad mental tras ser descrita por el médico norteamericano Samuel A. Carwright, de Luisiana, en 1851, para referirse al ansia de ciertos esclavos negros por fugarse del servicio o, lo que es más cierto, por conseguir la libertad. El término lo formó combinando palabras griegas para referirse a “esclavo fugitivo” y a “loco o loca”. Pero no sólo la identificó como tal enfermedad, sino que prescribió un remedio consistente en un asesoramiento médico adecuado para prevenir la huida si el esclavo “estaba malhumorado y descontento sin causa” e incluía en la receta los azotes.

En la actualidad, vivimos bajo el imperio de un nuevo mandamiento: consumirás todo y de todo, aún sin verdadera necesidad, por encima de todas las cosas… y olvidarás el sentido común y el sentido de responsabilidad y la solidaridad.

Los inventores de enfermedades se dedican a predicar cada vez más sobre los síntomas y síndromes que supuestamente amenazan nuestro bienestar mental y corporal. Se diría que pretenden disuadirnos de la salud.

Se pueden considerar distintas variantes en cuanto a invención de enfermedades:

  • Percibir problemas naturales deja la vida como problemas médicos: calvicie, embarazo, duelo, síndrome postvacacional…
  • Percibir problemas personales y sociales como problemas médicos: timidez/fobia social, mobbing, burnout, el síndrome de Ulises (melancolía y desarraigo de los inmigrantes).
  • Sobredimensionar la frecuencia de síntomas:  disfunción eréctil, disfunción sexual femenina, andropausia.
  • Sobredimensionar la gravedad de síntomas leves: colon Irritable, piernas inquietas, flatulencia.
  • Traducir el riesgo en enfermedad; hipercolesterolemia, osteoporosis y preosteoporosis, prediabetes, prehipertensión, hipertensión enmascarada…
  • Traducir la presencia de factores genéticos en enfermedad: genes BRCA y cáncer de mama y ovario, hemocromatosis…

En el XXVI Congreso de la Sociedad Española de Medicina de Familia y Comunitaria (SemFyC) celebrado en Valencia hace ya unos años  se sostuvo que un 20 por ciento de las consultas diarias en los centros de salud se refieren a enfermedades inventadas.

El proceso que legitima la intervención médica suele seguir estos pasos:

  1. Se descubre y aplica un tratamiento a pacientes con una enfermedad (por ejemplo, el tratamiento hormonal del enanismo por déficit de hormona del crecimiento),
  2. Se convierten en enfermedad situaciones similares, a través del poder de “etiquetaje” que la sociedad otorga a los médicos (disminución de la estatura, siguiendo el ejemplo anterior, sin enanismo pero que responde al tratamiento con hormona del crecimiento),
  3. Se pierde la capacidad de discriminación y el tratamiento/actividad se ofrece a grandes masas de población, que resultan tratadas después de “enfermar” por un problema que no lo es (en el ejemplo, se ofrece el tratamiento a todos los chicos cuya talla esté por debajo de la media),
  4. Se implican a familiares y afectados que exigen a las autoridades sanitarias, y a los médicos remisos, que apliquen y sufraguen dicho tratamiento o actividad y la intervención se convierte en norma que exigen la sociedad y, a veces, los jueces (los padres de los niños que se retrasan en su crecimiento, para terminar con el ejemplo).

La oleada de “epidemias del siglo XXI” que nos invade (obesidad, osteoporosis, depresión, hiperactividad…) puede ser sólo el preludio de lo que está por venir. La utilización acrítica de los avances en genética podría convertirnos en una sociedad en la que todos tengamos identificado algún factor de riesgo de enfermedad que, siguiendo esa lógica, deba ser tratado médicamente.

Este proceso de genetización (dentro del aún más amplio de medicalización), significa una redefinición del individuo en términos del código del ADN y una concepción genética de la enfermedad, la salud y el cuerpo humano. Cabe esperar que algunos resultados, derivados de estas pruebas genéticas clínicas de incierta interpretación, contribuyan al sobrediagnostico y a problematizar más aún la vida del individuo como “sano estigmatizado”.