Dice Adela Cortina que antes, cuando éramos pequeños, habitualmente el demonio tenía la culpa de todo lo malo que ocurría. Posteriormente, cuando yo estudiaba en la universidad, la culpa la tenía “el sistema”. Y ahora la tiene la globalización. Y parece que la culpa siempre la tienen otros.

Es cierto que los médicos se ven  sometidos a múltiples presiones (Administración, Industria Farmacéutica (IF), sociedad, paciente-cliente…) y que puede existir una tendencia a la resignación y victimismo, pero debemos preguntarnos si las  formas de relación, en este caso con la IF, no constituyen ya un hábito en sí mismas. En el mismo sentido que uno se acostumbra a consumir algo (Coca-cola, tabaco, etc.), de tal manera que parece que no se puede prescindir de ello, generándose así un ethos consumista, un carácter consumista… de un determinado tipo de relaciones.

Peter Mansfield, promotor en Australia del uso racional del medicamento establece una analogía de actualidad: Yo creo que la situación en la que estamos ahora es muy similar a la de 1840. Los médicos no creían que hiciese falta lavarse las manos antes de operar, les resultaba increíble que pudiesen tener algo invisible en sus manos que infectase a sus pacientes. El sesgo que proviene de la promoción farmacéutica es como una bacteria, invisible para muchos médicos que se consideran insultados, igual que en 1840, ante la sugerencia de que pueden estar siendo portadores de infecciones.

Existe una influencia invisible de las farmacéuticas por su gran penetración política, social y profesional, no siendo fácil adquirir conocimiento ni conciencia colectiva del problema por la connivencia de actores múltiples que tienen la particularidad de no considerarse protagonistas ni influido por sus estrategias.

El dominio de la conciencia se hace patente en la convicción de muchos en que no hay nada malo en esta dependencia voluntaria por ambas partes o en frases como no hay otra forma, tenemos necesidad de dicha información, “¿cómo podríamos asistir congresos de otro modo?”, todo el mundo lo hace”, “a mí no me influye lo suficiente aunque a los demás puede que sí”.

Sin embargo, cabría interrogarse, respecto a esa supuesta libre voluntariedad, si quien se entrega por algún tipo de retribución no estará sustituyendo, aún en el caso de una persona no coaccionada, su libre iniciativa por la servidumbre al poder del dinero u otros valores ajenos al bien del paciente y al bien común.

Sin embargo, una cosa es estar condicionado y otra, muy distinta, afirmar que no hay más remedio que hacer algo. Tal vez debiéramos averiguar cuáles son los mecanismos que crean la dependencia y tratar de desactivarlos. Para ello es fundamental la voluntad de cambiar el estilo y el fondo de estas relaciones y tender a que sean más liberadoras (menos dependientes, consumiendo sólo lo necesario y que esa necesidad tienda a ser menos y no se confunda con el deseo), más justas (y universalizables), más responsables (con todos, aquí y en el Sur empobrecido) y más felicitantes (generadoras de felicidad para todos).

Sabemos lo difícil que es modificar las actitudes pero también que los conocimientos y la experiencia nos pueden y deben ayudar a ello. Pero, sobre todo, se requiere de un elemento personal e intransferible: la propia decisión, nuestra capacidad de decidir lo que debemos hacer o «cómo queremos vivir», asentada en nuestra madurez y desarrollo moral, los cuales, afortunadamente siempre están inconclusos.