Las preguntas fundamentales que debemos plantearnos se refieren a qué consecuencias tiene la medicalización de nuestras vidas y a dónde, nos conduce la senda por la que nos enca­minamos.

En primer lugar, se está etiquetan­do de enfermos a personas que podemos considerar sanas y se les está sometiendo a tratamientos que conllevan indudables efec­tos adversos, tanto por el mismo proceso de etiquetado como “anormal”, como por los posibles efectos de las terapias, que nunca son absolutamente inocuas. En segundo lugar, las formas no médicas de afrontar las dificultades se están devaluando y olvidando, y la capacidad de valerse por símismo y sen­tirse capaz de superar los problemas se está reduciendo. Las personas y la sociedad se hacen así dependientes de la medicina y los servicios sanitarios, que necesitarán cada vez más recursos para dar respuesta a la demanda que va induciendo.

Una reflexión sobre el fenómeno de la medicalización lleva a la pregunta de si realmente queremos un mundo donde todos llevemos etiquetas de riesgo de padecer esta o aque­lla enfermedad en el futuro. Si queremos una sociedad donde hay mastectomizadas para evitar el cáncer de mama, gente sana pero que cree estar enferma y toma varias pildo­ras para reducir su “riesgo” de acabar tenien­do una u otra enfermedad. Una sociedad donde ya todos los niños nacen por cesárea, la gente está insegura sobre si es normal o no en sus relaciones sexuales, el miedo a la enfermedad se ha apoderado de todos, y casi nadie se muere con un poco de paz, Si queremos un mundo donde mientras todo esto pasa en las sociedades ricas, en África,Asia y Harlem, la gente sigue muriendo de SIDA, de infecciones para nosotros banales, de hambre, violencia y otras calamidades.

Pero incluso siendo pragmáticos y sin cues­tionarnos si queremos este mundo, vamos a tener que preguntarnos si podemos permitír­noslo. El economista Uwe Reinhardt sugería irónicamente que si el consumo sanitario seguía aumentando, EE.UU. sería como un gran hospital, donde la población estaría for­mada por trabajadores de la salud, enfer­mos, o ambas cosas al tiempo. Sin caer en los maximalismos que atribuyen a la medicina un efecto negativo neto sobre el bienestar, apelando a inexistentes arcadias pretecnológicas, una sociedad más medicalizada es una sociedad con una mayor percep­ción de malestar y dependencia. Y subvenir las necesidades que este sentimiento obliga a los individuos y la colectividad a detraer recursos aplicables a potenciar otras esferas del bienestar .

Por ahora no parece verosímil que sea evita­ble morir. Las ganancias en cantidad de vida propiciadas por el desarrollo médico son en nuestro entorno relativamente escasas, siendo más importantes las relacionadas con la calidad de esa vida. Pero la calidad de vida tiene componentes básicamente subjetivos, ligados a muy distintas preferencias perso­nales. No todos los años de vida ganados son iguales y evitar una muerte ligeramente prematura puede abocarnos a una penosa agonía, una opción deseable para algunos pero espeluznante para otros. Sin la adecuada información para decidir, muchos podemos empeorar si adoptamos meméticamente prácticas de reducción promedio de algunos riesgos actualmente vulnerables. La consecuencia de esta aceptación acrítica de todas las ofertas de la medicalización seria una sociedad viviendo de manera insana por su preocupación por la salud y muriendo más enfermera.