Hace más de veinticinco años que Lewis  Thomas señalaba que en los 25 años ante­riores nada había cambiado tanto en el siste­ma sanitario como la percepción del público sobre su propia salud, interpretando que dicho cambio pone de manifiesto una pérdida de confianza  en el ser humano.

Y continuaba afirmando que buena parte del despilfarro sanitario procede de la convicción del público en general de que la medicina moder­na es capaz de resolver mucho más de lo que en realidad es posible. Esta actitud sería, en parte, el resultado de las exageradas reivindi­caciones de la medicina en las últimas déca­das y de su aquiescencia pasiva con las aun más exageradas difundidas por los media.

Como gusta repetir el gurú lan Morrison, autor de Health Care in the New Millennium: Vision, Valúes, and Leadership y antiguo director del Institute for the Future en Palo Alto, cuando él nació en Escocia la muerte era vista como inminente, mientras se formó en Canadá comprobó que se vivía como inevitable, pero en su actual residencia californiana parece que allí se perciba como opcional.

Parece claro que el nivel educativo es un fac­tor clave en el deseo y exigencia de participar en las decisiones, por tanto, en la medi­da que la población tenga mayor nivel e infor­mación, iráexigiendo a los profesionales sanitarios este derecho a tener voz y voto sobre las decisiones que les afectan. La extensión del acceso a la información a tra­vés de Internet puede suponer una importan­te amenaza a la relación de agencia imper­fecta entre médico y paciente.

Más allá de las actuales expectativas desmedidas, las facilidades aportadas por las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) podrían facilitar una mayor exigencia de información y participación más acorde con el estado del conocimiento. Sin embargo, es difícil prever cómo afectarán al fenómeno de la medicalización el incremento de la fracción de pacien­tes informados y deseoso de adoptar sus propias decisiones.

Por una parte, el mayor nivel de vida suele ir unido a una cultura de consumismo (medici­na incluida) y en las sociedades más desa­rrolladas cada vez más se instala el rechazo de la enfermedad y la muerte, como partes inevitables de la vida. Existe una creencia, posiblemente promovida desde los propios sistemas sanitarios, de que la medicina va a poder con todo y que puede solucionar cualquier problema (aunque sea vital o social), que la tecnología avanza a pasos agiganta­dos para hacernos vivir más y mejor, y que la salud no tiene precio.

Uno de los escenarios menos deseables sería el representado por usuarios conocedo­res de las alternativas existentes e insensi­bles a la dimensión social de la asistencia, apelando sistemáticamente a la “regla del rescate” -la oposición a no emplear todas las alternativas con algún beneficio poten­cial, por mínimo que sea, ante un riesgo grave para la salud de un individuo identificable y concreto- forzando la actuación de los médicos ante el paciente agonizante.

Un futuro sumamente decepcionante para los profesionales que no están suficientemente pertrechados para combatir estas exigencias que van más allá del rol asignado y que pro­vocan sufrimiento por no poder dar respues­ta, convirtiéndose así en víctimas de la medicalización a la que han contribuido.